Entre archivos judiciales, canciones de cuna y memoria oral, tres descendientes de una familia mapuche vuelven a atravesar el alambrado que separa territorio, historia e identidad. //

EL ALAMBRADO. BIODRAMA DE UNA FAMILIA MAPUCHE
Dramaturgia: CIELO CHAINA, VALLE CHAINA, CATALINA KRASNOB, LUCIANA WIEDERHOLD
Actúan: CIELO CHAINA, VALLE CHAINA, LUCIANA WIEDERHOLD
Dirección general: CATALINA KRASNOB
Sábado 19:30hs. – ÚLTIMA FUNCIÓN 11/04/26
EL GALPÓN DE GUEVARA – Guevara 326, CABA.
www.galpondeguevara.com
Entradas por ALTERNATIVA TEATRAL

EL ALAMBRADO. BIODRAMA DE UNA FAMILIA MAPUCHE
Crítica teatral de MARTIN MARCOU
Un alambrado es una estructura compuesta por postes, varillas y alambre que delimita territorios. Quienes crecimos en la Patagonia, saltando alambrados, sabemos que atravesar esa barrera material puede implicar un riesgo. Construirlo exige trabajo, firmeza, alineación; sostenerlo, muchas veces, implica resistir el viento, el frío y la intemperie. Un alambrado puede proteger, pero también puede volverse una trampa. Delimita, ordena y, al mismo tiempo, excluye. Da y quita.

EL ALAMBRADO. BIODRAMA DE UNA FAMILIA MAPUCHE forma parte de ese grupo de obras que trabajan la memoria familiar como una forma de poner en primer plano conflictos históricamente acallados. En este caso, la reconstrucción del asesinato de Tomás Marilef —ocurrido en 1932 en la provincia de Río Negro— y el posterior desalojo de su familia es el punto de partida, pero la obra va mucho más allá de ese acontecimiento: no se queda en el hecho policial, lo expande de manera efectiva, lo tensiona y lo trae al presente para resignificarlo.
A partir de la investigación académica de Patricia Chaina, el material documental se mezcla con la memoria oral y la experiencia viva de las intérpretes, que trabajan con sus propias historias en escena. Las bisnietas de Marilef —Cielo Chaina, María del Valle Chaina y Luciana Wiederhold—, bajo la dirección de Catalina Krasnob, construyen una puesta que combina registros judiciales, archivos, canciones de cuna, música en vivo y pequeños rituales escénicos que se llevan adelante con distintos objetos. El resultado es una propuesta sensible que corre el eje de los relatos oficiales y abre un espacio para inaugurar otras formas de contar la historia y hacerse preguntas sobre la identidad mapuche.
La obra logra a través de sus procedimientos salir del caso puntual y abrirse a algo más amplio: no sólo pone en discusión los conflictos por la tierra —y las tierras que las comunidades indígenas nunca debieron perder—, sino que también se pregunta qué significa ser mapuche en el siglo XXI.
En este biodrama, el alambrado aparece como algo más que un límite físico: es un dispositivo que organiza la violencia sobre los cuerpos y la memoria. Y ahí es donde la obra hace algo interesante: lo desarma desde la escena. ¿Qué huellas quedan? ¿Qué se hereda, qué se transforma, qué se pierde? ¿Cómo se vive esa identidad en cuerpos atravesados por la vida urbana?
En ese cruce, la escena se vuelve territorio. La cordillera aparece en pleno espacio teatral porteño: el viento, los silencios, los gritos ancestrales y los susurros de los cerros se cuelan en la ciudad. Y eso emociona. Porque no se trata sólo de representar, sino de traer al presente algo que sigue vivo. La memoria entonces toma cuerpo en las actrices, que no sólo interpretan: evocan, investigan en escena y se preguntan a sí mismas.
La obra también tiene momentos de humor que alivian la densidad del material sin restarle potencia. Eso permite que la experiencia no quede encerrada solamente en el dolor, sino que circule, respire y llegue al público desde otro lugar.
EL ALAMBRADO no baja línea ni busca explicar todo. Más bien se encarga de abrir preguntas y te las deja dando vueltas en la cabeza. Salís de la sala con la sensación de que esas historias —las que parecían lejanas— en realidad siguen bastante más cerca de nosotros de lo que creemos. No se pierdan la experiencia.

